Para producir un acercamiento analítico de la sociedad que pretendemos analizar, miraremos a través de la lupa de Bourdieu. La sociología de Bourdieu es una sociología de la cultura; que se ocupa principalmente de trabajar con problemas desde los cuales la cultura se vuelve fundamental para entender las relaciones y diferencias sociales. Para explicar la manera en que se construyen las relaciones de poder, Bourdieu, investiga como se articula lo económico y lo simbólico, dos pilares de toda su teoría.
Como veremos claramente en el gobierno peronista que estamos analizando, y sobre todo en la conformación de la clase obrera que comienza a gestarse en la década del 30 pero que adquiere identidad nacional y sentimientos de pertenencia en el gobierno de Perón[1], las clases se distinguen por su posición en la estructura de la producción y por la forma como se producen y distribuyen los bienes materiales y simbólicos en una sociedad.
La masa obrera del gobierno peronista, aunque al principio no, luego se reconocía como tal y se daba cuenta que era una parte importante de la estructura social y una nueva fuerza en pugna por el poder. Se identificaban entre sí a través de grupos de pertenencia y de referencia bien establecidos y catalogados. Trabajar en alguna empresa estatal o poseer un vehículo de industria nacional constituía un símbolo de la pertenencia a esa clase. Bourdieu dice que la circulación y el acceso a estos bienes no se explica sólo por la pertenencia o no a una clase social, sino también por la diferencia que se engendra en lo que se considere como digno de transmitir o poseer. Un vehículo como el Rastrojero definía al hombre de campo y al obrero fabril al mismo tiempo estos eran definidos por el Rastrojero. Para el sociólogo francés la cultura hegemónica se define como tal por el reconocimiento arbitrario, social e histórico de su valor en el campo de lo simbólico.
Como decíamos más arriba, las clases se distinguen por su posición dentro de la estructura social, y esta posición se consigue de acuerdo a la distribución de los bienes materiales y simbólicos; pero es la posesión o carencia de un capital cultural lo que expresa las diferencias de clases. Estos símbolos, como podrían ser los vehículos de factorías nacionales, ser trabajador de los ferrocarriles del estado o trabajar en alguna empresa de servicios estatales, formaban parte de los habitus de esta clase social obrera.
Este concepto (habitus) es el que permite relacionar lo objetivo (la posición en la estructura social) y lo subjetivo (la interiorización de ese mundo objetivo), lo social y lo individual a través del agente social. Bourdieu lo define de la siguiente manera:
Los condicionamientos asociados a una clase particular de condiciones de existencia producen habitus, que son sistemas de disposición duraderos y trasladables, estructuras estructuradas dispuestas a trabajar como estructuras estructurantes, es decir, en cuanto principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas a su meta sin suponer la orientación consciente a fines y el control expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente “regladas” y “regulares” sin ser en absoluto el producto de la obediencia a reglas y, siendo todo esto, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta[2]
Para el presente trabajo es fundamental la comprensión de este concepto en el que podríamos decir que el habitus es en definitiva un sistema de disposiciones duraderas, que son eficaces en cuanto esquemas de clasificación que orientan la percepción y las prácticas más allá de la conciencia y el discurso, y funcionan por transferencia en los diferentes campo de la práctica. Son estructuras estructuradas, en cuanto proceso mediante el cual lo social se interioriza en los individuos, y logra que las estructuras objetivas concuerden con las subjetivas y a su vez estas estructuras están predispuestas a funcionar como estructurantes, es decir, como principio de generación y de estructuración de prácticas y representaciones. Así es de suponer que el consumo, los usos y costumbre surgidos a partir del Rastrojero evidentemente se encuentran estrechamente relacionados a una clase social, o dicho de otra manera, a un agente social que responde a determinadas características y en la que se engloban otros agentes bajo un mismo habitus.
La interiorización del habitus constituye un mecanismo esencial de la socialización donde se incorporan además valores y comportamientos que funcionan casi instintivamente. Esta interiorización permite actuar sin estar obligado a recordarse explícitamente las reglas que es preciso acatar para actuar. Los habitus interiorizados, que a su vez constituyen modos de percepción del mundo, Bourdieu los denomina “esquemas”. Estas representaciones de los agentes, estos esquemas, varían de acuerdo con su posición y los intereses asociados a ella, y por el habitus, como sistema de esquemas de percepción y evaluación, como estructuras cognitivas y evaluativas que los agentes adquieren a través de la experiencia duradera de una posición en el mundo social.